LAS JORNADAS DE MARZO

¡El hambre no espera!

En la década de los 80, La Paz era una ciudad marcada por la crisis y la transformación. La hiperinflación devoraba los salarios día a día, los mercados populares se llenaban de colas interminables y el transporte público abarrotado atravesaba calles empinadas que se expandían hacia nuevas laderas habitadas por migrantes recientes. Los barrios populares crecían al mismo ritmo que la pobreza, y la vida cotidiana se sostenía entre el comercio informal, la solidaridad vecinal y la incertidumbre del mañana.

A ese escenario urbano llegó, el 4 de marzo de 1985, una de las últimas grandes movilizaciones del movimiento obrero boliviano del siglo XX: las Jornadas de Marzo. Entre 5.000 y 12.000 mineros –según diversas fuentes– marcharon hacia La Paz bajo la consigna “el hambre no espera”, síntesis del drama de un país al borde del colapso, con una hiperinflación cercana al 7000 %.

Durante 21 días, los mineros ocuparon la capital política con marchas multitudinarias conocidas como las mil esquinas y asambleas diarias en las que las bases discutían y decidían colectivamente los pasos a seguir. La población paceña, consciente de la magnitud de la crisis, respondió con apoyo cotidiano: alimentos compartidos, espacios de alojamiento y solidaridad activa.

El 23 de marzo, sin alcanzar sus principales demandas, la columna minera se retiró en camiones hacia los centros de producción, con el puño izquierdo en alto y al grito de “¡los mineros volveremos!”. Ese gesto, cargado de dignidad, quedó grabado como símbolo de resistencia, pero también marcó el inicio de una derrota histórica: el debilitamiento del movimiento minero, columna vertebral de la política boliviana desde 1952, y la apertura del ciclo neoliberal que transformaría la estructura económica y social del país.

LA PAZ EN LOS 80
¡Entre la crisis y la esperanza!

En la década de 1980, La Paz era una ciudad atravesada por la crisis económica y por las tensiones sociales que se vivían en todo el país. En sus laderas empinadas crecían barrios populares sin servicios básicos, mientras en el centro se mantenían los edificios coloniales y las calles comerciales atestadas de gente. La hiperinflación hacía que los precios de los productos cambiaran en cuestión de horas: las filas en mercados y panaderías eran parte inseparable de la rutina cotidiana.

El transporte público, compuesto por minibuses, micros y trufis, recorría las calles abarrotadas con pasajeros que se apretaban para llegar a tiempo a sus trabajos, escuelas o mercados. En las plazas, jóvenes estudiantes compartían sus expectativas de cambio, mientras vendedores ambulantes ofrecían desde periódicos hasta dulces en cada esquina.

Las cholitas paceñas, con sus polleras amplias, sombreros bombín y aguayos cargados de niños o mercaderías, eran protagonistas indiscutibles de la vida urbana. A su lado, trabajadores, jubilados, mujeres de los barrios y niños reflejaban en sus rostros la dureza de la vida cotidiana, marcada por el desempleo, el hambre y la incertidumbre del futuro.

Sin embargo, a pesar de esa precariedad, la ciudad estaba llena de energía y movimiento. La solidaridad entre vecinos, las ollas comunes y la organización barrial fueron mecanismos de resistencia frente a la adversidad. La Paz de los años 80 fue, al mismo tiempo, un escenario de penurias y un espacio de esperanza, donde cada día era una lucha por sobrevivir y cada rostro contaba una historia de dignidad en medio de la crisis.

La fuerza del boliviano en su lucha por un mundo mejor no se mide solo en gestas heroicas, sino en la constancia diaria de un pueblo que, entre montañas y valles, entre minas y chacras, ha sabido resistir las adversidades con entereza. Es la fuerza que levantó sindicatos, que organizó comunidades, que convirtió la educación popular en herramienta de transformación.

En los años 80, cuando Bolivia atravesaba crisis económicas, cambios políticos y profundas desigualdades, fueron los hombres y mujeres del pueblo quienes sostuvieron el sueño de un país más justo.

Su lucha no fue únicamente protesta, también fue trabajo, cultura, creatividad y solidaridad.

Esta muestra fotográfica te permitirá recorrer esos días intensos y, al mismo tiempo, adentrarse en la vida cotidiana de La Paz en los años 80. Un registro visual donde la protesta y la ciudad se entrelazan, mostrando la fuerza de un movimiento obrero en su último gran levantamiento y el pulso de una urbe que sobrevivía a la crisis.

EXPOSICIÓN

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