¡El hambre no espera!
En la década de los 80, La Paz era una ciudad marcada por la crisis y la transformación. La hiperinflación devoraba los salarios día a día, los mercados populares se llenaban de colas interminables y el transporte público abarrotado atravesaba calles empinadas que se expandían hacia nuevas laderas habitadas por migrantes recientes. Los barrios populares crecían al mismo ritmo que la pobreza, y la vida cotidiana se sostenía entre el comercio informal, la solidaridad vecinal y la incertidumbre del mañana.
A ese escenario urbano llegó, el 4 de marzo de 1985, una de las últimas grandes movilizaciones del movimiento obrero boliviano del siglo XX: las Jornadas de Marzo. Entre 5.000 y 12.000 mineros –según diversas fuentes– marcharon hacia La Paz bajo la consigna “el hambre no espera”, síntesis del drama de un país al borde del colapso, con una hiperinflación cercana al 7000 %.
Durante 21 días, los mineros ocuparon la capital política con marchas multitudinarias conocidas como las mil esquinas y asambleas diarias en las que las bases discutían y decidían colectivamente los pasos a seguir. La población paceña, consciente de la magnitud de la crisis, respondió con apoyo cotidiano: alimentos compartidos, espacios de alojamiento y solidaridad activa.
El 23 de marzo, sin alcanzar sus principales demandas, la columna minera se retiró en camiones hacia los centros de producción, con el puño izquierdo en alto y al grito de “¡los mineros volveremos!”. Ese gesto, cargado de dignidad, quedó grabado como símbolo de resistencia, pero también marcó el inicio de una derrota histórica: el debilitamiento del movimiento minero, columna vertebral de la política boliviana desde 1952, y la apertura del ciclo neoliberal que transformaría la estructura económica y social del país.
LA PAZ EN LOS 80
¡Entre la crisis y la esperanza!
En la década de 1980, La Paz era una ciudad atravesada por la crisis económica y por las tensiones sociales que se vivían en todo el país. En sus laderas empinadas crecían barrios populares sin servicios básicos, mientras en el centro se mantenían los edificios coloniales y las calles comerciales atestadas de gente. La hiperinflación hacía que los precios de los productos cambiaran en cuestión de horas: las filas en mercados y panaderías eran parte inseparable de la rutina cotidiana.
El transporte público, compuesto por minibuses, micros y trufis, recorría las calles abarrotadas con pasajeros que se apretaban para llegar a tiempo a sus trabajos, escuelas o mercados. En las plazas, jóvenes estudiantes compartían sus expectativas de cambio, mientras vendedores ambulantes ofrecían desde periódicos hasta dulces en cada esquina.
Las cholitas paceñas, con sus polleras amplias, sombreros bombín y aguayos cargados de niños o mercaderías, eran protagonistas indiscutibles de la vida urbana. A su lado, trabajadores, jubilados, mujeres de los barrios y niños reflejaban en sus rostros la dureza de la vida cotidiana, marcada por el desempleo, el hambre y la incertidumbre del futuro.
Sin embargo, a pesar de esa precariedad, la ciudad estaba llena de energía y movimiento. La solidaridad entre vecinos, las ollas comunes y la organización barrial fueron mecanismos de resistencia frente a la adversidad. La Paz de los años 80 fue, al mismo tiempo, un escenario de penurias y un espacio de esperanza, donde cada día era una lucha por sobrevivir y cada rostro contaba una historia de dignidad en medio de la crisis.
La fuerza del boliviano en su lucha por un mundo mejor no se mide solo en gestas heroicas, sino en la constancia diaria de un pueblo que, entre montañas y valles, entre minas y chacras, ha sabido resistir las adversidades con entereza. Es la fuerza que levantó sindicatos, que organizó comunidades, que convirtió la educación popular en herramienta de transformación.
En los años 80, cuando Bolivia atravesaba crisis económicas, cambios políticos y profundas desigualdades, fueron los hombres y mujeres del pueblo quienes sostuvieron el sueño de un país más justo.
Su lucha no fue únicamente protesta, también fue trabajo, cultura, creatividad y solidaridad.
Esta muestra fotográfica te permitirá recorrer esos días intensos y, al mismo tiempo, adentrarse en la vida cotidiana de La Paz en los años 80. Un registro visual donde la protesta y la ciudad se entrelazan, mostrando la fuerza de un movimiento obrero en su último gran levantamiento y el pulso de una urbe que sobrevivía a la crisis.
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EXPOSICIÓN
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– ENTRADA DE LOS MINEROS A LA CIUDAD – Con los cascos en alto y la voz unida, los mineros entraron a la ciudad como un río humano que no podía ser ignorado. Venían de distintos centros de producción, atravesando el altiplano en una marcha que condensaba años de explotación, crisis y hambre. Las consignas resonaban en las calles de La Paz: “¡El hambre no espera!”. Era un grito que expresaba tanto la urgencia material –el pan de cada día– como la dignidad colectiva de quienes habían sido columna vertebral del país desde 1952. Las fuentes discrepan sobre el número exacto: unos hablan de 5.000, otros de 12.000. Pero más allá de las cifras, lo esencial era la fuerza de la multitud, el gesto de los cascos levantados, la certeza de que, aunque el futuro se anunciaba incierto, la memoria de esa resistencia quedaría grabada en la historia boliviana.
– LAS AVENIDAS RETUMBABAN CON SUS GRITOS – Día tras día, las calles de La Paz fueron tomadas por miles de mineros que marchaban en columnas compactas, con sus cascos brillando bajo el sol y las herramientas levantadas como símbolos de resistencia. El rugido de las consignas retumbaba en cada esquina, denunciando el hambre y la crisis que golpeaban no solo a los campamentos mineros, sino a todo el país. La multitud avanzaba como un solo cuerpo, transformando plazas y avenidas en escenarios de protesta. A su paso, la vida urbana se mezclaba con la movilización: transeúntes, comerciantes y vecinos se sumaban en solidaridad, compartiendo alimentos y aliento. Durante esas jornadas, la capital se convirtió en un espacio común de lucha, donde la voz minera resonó con fuerza imposible de ignorar.
– SÍMBOLOS DEL MOVIMIENTO MINERO – En plena movilización minera, los trabajadores sostienen en sus manos un cartucho de dinamita mientras mascan hojas de coca. Dos gestos cotidianos que, unidos, condensan el espíritu de una época: la coca que da fuerza y calma el hambre, y la dinamita que expresa poder y resistencia. En ellos se cruzan el trabajo y la protesta, el cuerpo y la historia, la mina y la calle. Durante las Jornadas de Marzo de 1985, la dinamita –herramienta habitual del socavón– se convirtió en símbolo de lucha. Su estallido no buscaba destruir, sino hacerse oír: un trueno que recordaba al país que los mineros estaban presentes, defendiendo su dignidad. Pocos meses después, el Decreto Supremo 21060 marcó el cierre de las minas y la relocalización de decenas de miles de trabajadores. Con esa diáspora se dispersó también la fuerza del movimiento obrero que había marcado la historia boliviana desde 1952. Pero en estas imágenes persiste su legado: la coca y la dinamita como emblemas inseparables de una clase que, con sus manos y su coraje, hizo temblar la tierra y la memoria de un país.
– POR LA DIGNIDAD Y JUSTICIA SOCIAL – Los gritos de los mineros reclamando mejores condiciones de vida se hicieron sentir en las calles de La Paz. No eran simples consignas, sino denuncias nacidas de la dureza del socavón, del hambre en los hogares y de la incertidumbre frente al futuro. La multitud avanzaba de manera organizada, recordando a la sociedad paceña que los mineros habían sido, durante décadas, la columna vertebral del país. En esas jornadas, cada voz se transformó en un eco colectivo que atravesó plazas y avenidas, exigiendo dignidad y justicia social.
– LOS MINEROS OCUPAN LA PAZ – Las Jornadas de Marzo de 1985 transformaron a La Paz –sede de gobierno– en una ciudad tomada por la protesta. Cada día, miles de mineros recorrían sus calles, repitiendo consignas y mostrando la fuerza de un movimiento obrero que aún confiaba en torcer el rumbo del país. La disciplina de las columnas mineras contrastaba con el desorden de la crisis económica que golpeaba a todos. Sus marchas atravesaban el centro paceño como un río humano que desbordaba plazas y avenidas. La demostración no era solo sindical: era un recordatorio de que el hambre y la pobreza habían alcanzado un límite insoportable.
– LA CALLE COMO FORO POLÍTICO – Durante las Jornadas de Marzo, las plazas, las esquinas y hasta las laderas de la ciudad se transformaron en espacios de deliberación y agitación. La población paceña se reunía para escuchar discursos, compartir información y vivir juntos la incertidumbre del momento. Hombres, mujeres, ancianos y niños acudían a cada concentración, atentos a las palabras que marcaban el pulso de la protesta. Entre el cansancio y la esperanza, la gente encontraba en esos encuentros colectivos una forma de resistir a la crisis y sentirse parte de una historia común que se escribía en voz alta, en las calles.
– LA CSUTCB Y MINEROS UNIDOS EN LAS JORNADAS DE MARZO – La Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB) nació en 1979 como fruto de las luchas indígenas y campesinas que emergieron con fuerza tras el ciclo de dictaduras. Bajo el liderazgo de Genaro Flores, dirigente aimara del Movimiento Revolucionario Tupac Katari (MRTK), la CSUTCB se consolidó como la primera organización nacional en articular a sindicatos y comunidades campesinas. Su composición reflejaba la diversidad del campo boliviano: aimaras, quechuas y otras naciones originarias que reclamaban tierra, derechos y participación política. En las Jornadas de Marzo de 1985, la CSUTCB marchó junto a los mineros, expresando la alianza entre obreros y campesinos que había marcado la historia social del país desde 1952 y que buscaba resistir a la crisis económica y al avance del neoliberalismo.
– EN LA LUCHA POR LA DEMOCRACIA Y LA JUSTICIA SOCIAL – La mujer boliviana ha sido un pilar en la defensa de la democracia. Durante la dictadura de Luis García Meza (1980–1981), muchas levantaron trincheras en las calles de La Paz, sosteniendo la resistencia popular frente a la represión militar. En las Jornadas de Marzo de 1985, volvieron a ocupar el espacio público, marchando junto a los mineros y exigiendo pan, justicia y libertad. Con pañuelos en alto y la voz firme, mostraron que la lucha no era exclusiva de los hombres: fueron protagonistas activas, organizando, alimentando y enfrentando la represión. Muchas eran esposas, madres o hermanas de mineros, pero su presencia no respondía solo al vínculo familiar, sino a una conciencia política propia. Su participación confirmó que la recuperación de la democracia en Bolivia llevó un sello profundamente femenino y popular. En cada marcha, en cada olla común, en cada gesto solidario, las mujeres reafirmaron su papel decisivo en la historia reciente del país: sostener la vida mientras luchaban por transformarla.
– AMAS DE CASA, SOSTÉN DEL MOVIMIENTO MINERO – Los Comités de Amas de Casa fueron un pilar del movimiento minero, sosteniendo la vida cotidiana en los campamentos y acompañando cada lucha por mejores condiciones de trabajo y de vida. Desde los años 60 hasta el retorno a la democracia en 1982, enfrentaron dictaduras, represión y hambre, pero nunca dejaron de organizarse. Durante las Jornadas de Marzo de 1985, volvieron a las calles, marchando junto a sus esposos e hijos para apoyar al movimiento obrero y a la Central Obrera Boliviana (COB). Su presencia recordaba que la lucha minera no era solo de los trabajadores del socavón: detrás de cada minero había una familia entera comprometida con la resistencia.
– MUJERES FRENTE A LA CRISIS – Las mujeres no solo se organizaron en los campamentos mineros, también lo hicieron en las ciudades y barrios populares. Su organización fue una respuesta a la crisis permanente que golpeaba los hogares, obligándolas a defender la vida cotidiana frente al alza de precios y la precariedad. Era común verlas en las calles protestando por el encarecimiento del pan, del transporte público o de los alimentos básicos. Cada marcha expresaba no solo un reclamo económico, sino la conciencia de que la defensa del hogar también era una lucha política. En las Jornadas de Marzo, su presencia reafirmó que la resistencia en Bolivia también tenía un rostro de mujer y popular
– SÍMBOLO DE FUERZA Y CULTURA – Con su pelo trenzado, polleras, aguayo y sombrero bombín, la cholita boliviana no solo carga con sus hijos a la espalda, entregándoles amor, seguridad y cercanía: también lleva consigo la historia y la cultura de un pueblo. Ese gesto cotidiano trascendió fronteras, y hoy el método ancestral de cargar a los hijos es empleado en distintas partes del mundo. En la La Paz de los años 80, en medio de la crisis y la hiperinflación, las mujeres fueron protagonistas: sostuvieron los hogares, se organizaron en comités y salieron a las calles a defender la vida.
– POR LOS CAMINOS DE BARTOLINA SISA – En 1980 se fundó la Federación Nacional de Mujeres Campesinas de Bolivia “Bartolina Sisa” (FNMCBBS), que tomó el nombre de la heroína aimara ejecutada en 1782 tras acompañar a Túpac Katari en el cerco a La Paz, un año antes. Con ello, las mujeres campesinas e indígenas reclamaron su lugar en la historia y en las luchas contemporáneas. La organización unificó a mujeres de distintas regiones y pueblos originarios, convirtiéndose en una de las principales fuerzas sociales del país. En las calles, con polleras, aguayos y bombines, recordaban que la lucha por la tierra, la justicia y la dignidad tenía también rostro femenino. Su presencia en las movilizaciones de los años 80 expresó la continuidad entre la memoria de Bartolina y la resistencia de las mujeres bolivianas frente a la crisis y la exclusión.
– EL PUEBLO PACEÑO JUNTO A LOS MINEROS – Durante las Jornadas de Marzo de 1985, el pueblo paceño salió a las calles para solidarizar con los mineros. En plazas y avenidas se respiraba una mezcla de indignación y esperanza: la convicción de que la movilización podía abrir caminos de cambio. La crisis económica ahogaba a diario a la sociedad boliviana, con mayor crudeza en los sectores más pobres. Los rostros cansados y las miradas profundas reflejaban esa tensión entre el hambre y la dignidad. La unidad entre mineros y pueblo urbano convirtió a La Paz en escenario de un levantamiento que, por unas semanas, dio voz a quienes más sufrían la desigualdad. Las manifestaciones populares eran diarias y las calles de La Paz se llenaban de rostros diversos: estudiantes, amas de casa, oficinistas y niños. Lo que sucedía se sentía como un momento histórico y muchos abrigaban la esperanza de un cambio. Sin embargo, la vida cotidiana estaba marcada por la hiperinflación que devoraba los salarios en cuestión de horas, por la escasez generada por comerciantes especuladores y por el hambre que golpeaba a miles de familias. El gesto cansado de los manifestantes reflejaba esa tensión: entre la desesperación por la crisis y la convicción de que salir a las calles era la única forma de hacerse escuchar.
– VIGILANCIA POLICIAL FRENTE A LA MOVILIZACIÓN MINERA – Durante las Jornadas de Marzo de 1985, la policía permaneció en alerta en las calles paceñas. El gobierno de Hernán Siles Suazo buscó evitar una confrontación que derivara en víctimas fatales, consciente de la tensión que se vivía en cada esquina. Muchos mineros llevaban consigo cartuchos de dinamita, herramienta habitual de su trabajo en el socavón, pero que en la protesta adquiría un carácter simbólico y de advertencia. Entre la vigilancia policial y la firmeza minera se sostuvo un frágil equilibrio, donde el riesgo de estallido estaba siempre presente.
– TENSIÓN EN LAS CALLES – Los mineros eran miles y muchos marchaban con cartuchos de dinamita, la misma herramienta que usaban a diario en el socavón. En las manifestaciones, las explosiones de los “cachorros de dinamita” resonaban como un telón de fondo, marcando el pulso de la protesta y aumentando la tensión en la ciudad. La policía, desplegada en las calles con cascos, escudos y perros, evitaba un enfrentamiento directo. Sabían que no tenían la fuerza suficiente para contener a los mineros organizados. En ese frágil equilibrio entre vigilancia y resistencia, La Paz vivía jornadas de incertidumbre que podían desatarse en cualquier momento.
– EL RETORNO QUE NUNCA LLEGÓ – Las Jornadas de Marzo sacudieron a La Paz y mantuvieron a todo el país en vilo durante aquellos días que estremecieron a Bolivia. La ciudad se transformó en escenario de marchas, consignas y tensiones que revelaban la profundidad de la crisis. El 23 de marzo, con el puño en alto y al grito de “¡Los mineros volveremos!”, miles de trabajadores emprendieron el regreso a sus centros mineros sin haber alcanzado sus principales reivindicaciones. La esperanza quedó suspendida, como una promesa que el tiempo no cumplió. En los rostros de niños y jóvenes que fueron testigos de esa jornada quedó grabada en su memoria la huella de aquellos días que marcaron un antes y un después en la historia social del país.
– CORAZÓN DEL ALTIPLANO BOLIVIANO BAJO EL ILLIMANI – Ubicada en el oeste de Bolivia, a 68 km del lago Titicaca, La Paz se extiende en un profundo cañón formado por el río Choqueyapu (del idioma aymara chuqi yapu, ’chacra de oro’) y rodeado por las montañas del altiplano. Sobre la ciudad se alza el majestuoso Illimani, cuyo nombre aimara significa “por donde nace el sol” y cuya silueta ha sido emblema inseparable de la urbe desde su fundación. En los años 80, La Paz combinaba modernidad y precariedad: un centro urbano con edificios y comercios, y laderas pobladas de barrios populares levantados con esfuerzo propio. La topografía accidentada marcaba la vida diaria, obligando a sus habitantes a recorrer cuestas interminables, entre el frío del altiplano y la calidez del valle.
– LA METRÓPOLI MÁS ALTA DEL MUNDO – A una altura promedio de 3.650 metros sobre el nivel del mar, La Paz es considerada la metrópoli más alta del mundo. Su topografía accidentada, marcada por laderas empinadas y terrenos inestables, ofrece vistas únicas de la cordillera Real y del Illimani, siempre presente como guardián de la ciudad. Sin embargo, esta misma geografía ha condicionado la vida urbana: miles de familias levantaron sus casas de adobe o ladrillo en zonas de riesgo, donde la tierra podía ceder en cualquier momento. En los años 80, estos barrios populares crecieron al margen de servicios básicos, reflejando la precariedad de un país atravesado por crisis económicas y sociales, pero también la fuerza de quienes resistían en la altura.
– MARCADA POR LA ALTURA Y LA DESIGUALDAD SOCIAL – En los años 80, la pobreza era visible en cada rincón de La Paz. A diferencia de muchas ciudades latinoamericanas, aquí los sectores más pobres se asentaban en las partes más altas, donde el frío y la sequedad del altiplano se sentían con mayor dureza. La ciudad se extiende desde los 3.400 metros en el sur, en zonas como Obrajes, hasta los 4.150 metros en El Alto. Esa diferencia de altura era también una metáfora social: cuanto más arriba se vivía, más difícil era la vida cotidiana. Allí, en las laderas empinadas, familias enteras resistían al clima extremo y a la precariedad, construyendo su futuro en medio de la adversidad.
– ALCOHOL Y DESIGUALDAD SOCIAL – En los sectores populares de La Paz en los años 80, el consumo de alcohol de baja calidad era una práctica extendida tanto entre hombres como mujeres. Era común verlos compartir botellas en las laderas o en espacios comunitarios, como una forma de socialización. Diversos estudios de la época señalaban que este hábito tenía repercusiones en la vida social y familiar, vinculándose también a índices elevados de violencia de género. Bolivia registraba entonces una de las cifras más altas de feminicidio en Sudamérica, lo que reflejaba la compleja interacción entre pobreza, exclusión social y consumo de alcohol.
– AUTOCONSTRUCCIÓN EN LA TOPOGRAFÍA EMPINADA DE LA PAZ – En las laderas de La Paz de los años 80 predominaban las viviendas de adobe y ladrillo sin revocar, muchas de ellas levantadas por las propias familias sin asistencia técnica. La precariedad de los materiales y la falta de planificación urbana dejaban en evidencia muros deteriorados, techos de calamina y estructuras vulnerables a la lluvia y a los deslizamientos. Las construcciones se adaptaban a la topografía empinada de la ciudad, formando barrios enteros que crecían de manera irregular. Escaleras improvisadas y senderos de tierra eran parte del paisaje cotidiano en estos sectores periféricos, donde la necesidad de vivienda superaba a las posibilidades de contar con servicios básicos y condiciones seguras.
– KIOSCOS Y VENTAS CALLEJERAS, UNA FORMA DE SOBREVIVIR – En los años 80, la vida estaba marcada por la necesidad de combinar múltiples oficios para sostener a la familia. Muchas personas, después de cumplir con su jornada laboral, instalaban kioscos improvisados donde ofrecían pan, comida, legumbres u otros productos de consumo básico. Estos pequeños negocios formaban parte de la economía popular urbana: una red de actividades que permitía a los hogares generar ingresos complementarios en un contexto de salarios bajos e inflación. La venta al detalle en las calles no solo era un recurso individual, sino también un rasgo estructural de la economía paceña, donde el comercio menor se convirtió en un soporte esencial para la subsistencia de los sectores populares.
– LAS ACERAS COMO MERCADO – En las calles con mayor tránsito peatonal era frecuente encontrar a las cholitas sentadas junto a sus productos, generalmente pan, frutas o alimentos de consumo diario. Estas ventas al menudeo, realizadas con recursos mínimos –una caja de madera, una manta o un aguayo–, constituían una de las formas más extendidas de economía popular urbana en La Paz durante los años 80. Más allá del ingreso adicional que aportaban al hogar, estos espacios también cumplían una función social: el contacto cotidiano con compradores habituales (“caseros”) y con otras vendedoras creaba redes de confianza y apoyo mutuo. De esta manera, el comercio callejero se consolidó como una estrategia colectiva de subsistencia en medio de un contexto económico precario. La venta callejera fue uno de los motores silenciosos de la economía urbana en La Paz durante los años 80. En un contexto de crisis e inflación, miles de mujeres convirtieron las aceras, plazas y esquinas en espacios de intercambio comercial donde se ofrecía ropa, alimentos y productos de primera necesidad. Más allá de su carácter informal, esta actividad generaba un flujo constante de ingresos que sostenía a las familias trabajadoras y respondía a la demanda inmediata de la población. La venta callejera no solo suplía la insuficiencia del mercado formal, sino que también configuró un sistema económico paralelo y esencial, que marcó el pulso de la vida cotidiana en la ciudad.
– APARAPITAS Y LUSTRABOTAS EN LA VIDA URBANA – La figura del aparapita (del aimara aparaña, cargar) ha sido parte fundamental de la vida urbana paceña. También conocido como k’epiri, este trabajador migrante llegó desde las comunidades rurales empujado por la pobreza del campo. Su oficio consiste en transportar pesadas cargas sobre la espalda, reemplazando al animal de tiro o a cualquier otro medio de transporte. La presencia de los aparapitas revela las marcadas diferencias sociales y étnicas que caracterizan a la ciudad. Mientras sostienen con su fuerza física el movimiento cotidiano de mercancías y el abastecimiento urbano, suelen ocupar los márgenes económicos y sociales. Su figura encarna la precariedad, pero también la resistencia de quienes, desde el anonimato, hicieron posible la vida diaria en La Paz. El lustrabotas ha sido un oficio característico de la vida urbana paceña. Generalmente jóvenes o adultos de sectores populares, se ubicaban en plazas, mercados y calles de gran tránsito, ofreciendo su trabajo a oficinistas, comerciantes y transeúntes. La escena refleja dos mundos que se cruzan: mientras el cliente lee el periódico, símbolo de información y actualidad, el lustrabotas cumple una labor esencial pero poco reconocida, marcada por la precariedad. Estos servicios, parte de la economía popular urbana, muestran cómo el trabajo informal sostenía el día a día de la ciudad, al tiempo que evidencian las diferencias sociales y económicas de la época.
– ORGANIZADAS POR AUTONOMIA Y PARTICIPACIÓN – En la ciudad de La Paz, durante los años 80, surgieron diversas iniciativas de formación comunitaria orientadas a las mujeres de sectores populares. El Centro de Promoción de la Mujer fue uno de los espacios donde se organizaron cursos de costura, tejido, elaboración de mermeladas y otras actividades productivas. Estas instancias no solo ofrecían capacitación técnica para mejorar los ingresos familiares, sino que también promovían la independencia económica y social de las mujeres, ampliando sus posibilidades de participación en la vida urbana. Los encuentros fortalecían la solidaridad y el sentido comunitario, creando redes de apoyo que fueron fundamentales en un contexto de crisis y precariedad. El Centro de Promoción de la Mujer Gregoria Apaza fue fundado el 5 de marzo de 1983 por un grupo de mujeres que habían participado activamente en la lucha por la democracia en Bolivia. Desde sus inicios, esta organización sin fines de lucro se propuso generar espacios de formación, capacitación y organización comunitaria, con el objetivo de fortalecer la participación de las mujeres en la vida social, política y económica del país. El centro se convirtió en un referente de la resistencia femenina y popular, ofreciendo herramientas para mejorar la economía familiar, impulsar la autonomía personal y defender los derechos de las mujeres en un contexto de transición democrática y crisis económica.
– EDUCACIÓN COMUNITARIA PARA LAS MUJERES – El Centro de Promoción de la Mujer Gregoria Apaza se fundó en los años 80 como parte de un movimiento de mujeres que buscaban transformar sus condiciones de vida en un país marcado por desigualdades. Desde entonces, ha formado y acompañado a trabajadoras populares y migrantes, apostando por una Bolivia con equidad de género y mayor participación femenina. Estas imágenes reflejan su vida cotidiana: duras jornadas de trabajo y supervivencia, pero también la fuerza y dignidad con la que sostuvieron a sus familias y comunidades.
– GREGORIA APAZA – MEMORIA Y RESISTENCIA – El Centro de Promoción de la Mujer Gregoria Apaza lleva el nombre de una de las figuras más emblemáticas de la resistencia indígena en Bolivia. Gregoria Apaza, hermana de Túpac Katari, fue una mujer aguerrida que, en 1781, lideró junto a Bartolina Sisa la gran sublevación indígena contra la opresión colonial en el Alto Perú. Al recuperar su nombre en los años 80, las mujeres paceñas no solo honraban a una líder histórica, sino que reivindicaban una tradición de lucha femenina e indígena que atraviesa los siglos. De ese modo, la organización enlazaba la memoria de las rebeliones del siglo XVIII con las luchas contemporáneas por la democracia, la igualdad de género y la justicia social.
– CULTURA Y MOTOR DE LA ECONOMÍA POPULAR – Las cholitas paceñas, con su vestimenta característica –pollera, manta y sombrero bombín–, son parte central de la vida económica y social de la ciudad. En ferias y mercados se las ve acomodando sus puestos, descargando mercadería o preparando productos para la venta. Más allá de su papel comercial, la cholita es también un símbolo cultural que encarna el emprendimiento femenino y el aporte de las mujeres al dinamismo de la economía popular, donde el pequeño comercio ha sido esencial para la subsistencia de miles de familias. En este doble rol, es orgullo cultural y motor económico: reflejo de una Bolivia que reconoce la fuerza de sus raíces y el protagonismo de sus mujeres.
– POLLERA Y MANTA, ORGULLO CULTURAL – El estilo de la cholita paceña, con su pollera, manta y sombrero bombín, contrastaba con los modelos femeninos occidentales que, en los años 80, llegaban a través de la publicidad y las vitrinas del centro de la ciudad. Mientras esos estereotipos proyectaban modernidad y consumo, en las calles y mercados la cholita mantenía viva una estética propia, símbolo de identidad y pertenencia cultural. En estos espacios, la vida económica y social seguía un pulso distinto: comprar no era solo una transacción, sino un acto de confianza y cercanía. El paceño acudía a su caserita, con quien podía conversar, regatear precios y recibir la “yapita”*, esa pequeña añadidura que sellaba la relación entre vendedora y cliente. Así, en medio de la crisis y la modernización, las cholitas y sus mercados conservaron una forma de intercambio humano y cultural que definió la vida cotidiana de La Paz. *Yapa – proviene del quechua yapay, que significa añadir, dar de más o agregar un pequeño extra.
– EL AMANECER DE LA CIUDAD – Es temprano en la mañana y la ciudad despierta lentamente. El frío de la altura cala los huesos, pero la rutina no se detiene: hay que alistarse para el trabajo, para el mercado, para la vida diaria. Una mujer se peina con calma en la calle, preparándose para la jornada; detrás, otra persona ya se ocupa de sus tareas. En estas escenas cotidianas se refleja la dureza de la vida en La Paz de los años 80, donde cada día era un esfuerzo por sostener a la familia. “Así habría sabido ser”, dicen los paceños, una frase que resume resignación y resistencia a la vez: así es la vida y así debe afrontarse.
– BASURALES IMPROVISADOS EN LOS BARRIOS – Durante la noche, los vecinos sacan la basura de sus hogares y la amontonan en las esquinas de los barrios. Estos basurales improvisados son parte del paisaje cotidiano de la ciudad en los años 80, reflejo de un sistema de recolección deficiente. Además de acumular desechos, estos espacios terminan siendo utilizados como baños ocasionales, generando condiciones insalubres que afectan directamente a la vida de la población. La escena muestra cómo la precariedad urbana se expresa no solo en la vivienda y el trabajo, sino también en la gestión de lo más básico: los residuos de la vida diaria.
l– MUJERES DEL ALBA, EL TRABAJO INVISIBLE – Al amanecer, cuando la ciudad aún bosteza, las cholitas inician su silenciosa faena. Con sus faldas amplias, mantas tejidas y el infaltable sombrero bombín, barren con ramas las calles empedradas, levantando polvo y arrastrando los restos que la urbe dejó atrás la noche anterior. La escoba improvisada en sus manos es símbolo de resistencia, de orden en medio del caos urbano, de esa disciplina callada que sostiene la vida en los barrios populares de La Paz. Allí, entre montones de cartón, papeles y desperdicios, su trabajo invisible devuelve al espacio un poco de equilibrio. La ciudad despierta gracias a ellas, aunque rara vez se les nombre. Antes de que el sol ilumine por completo las montañas, ya se escucha el roce de las ramas contra el empedrado. La basura se amontona en las esquinas, testigo del desborde de una ciudad en crecimiento. No hay uniforme ni herramientas modernas: solo la escoba de ramas, convertida en símbolo de resistencia cotidiana. Con paciencia, transforman el desorden en camino transitable, preparando la ciudad para la vida que en pocas horas la inundará. Su labor, invisible para muchos, es el pulso silencioso que permite que La Paz despierte con dignidad.
– ENTRE FATIGA Y ESPERANZA, FORJANDO FUTURO – Luego de amontonar los desechos, aparece el camión recolector, cerrando una jornada que comenzó antes del amanecer. El cansancio pesa, pero aún queda el regreso al hogar y las tareas que nunca esperan. La vida de la mujer boliviana no es fácil: entre el trabajo, los hijos y la calle ha templado su carácter como acero en la altura. El destino se enfrenta con la fuerza de sus manos y la paciencia de su andar. La pobreza marca límites, pero también impulsa la resistencia. Cada esfuerzo, silencioso e invisible, abre camino para los hijos. Así, entre la fatiga y la esperanza, se forja el futuro en las calles de La Paz.
– LA INFANCIA MARGINADA EN BOLIVIA – No existen registros oficiales de cuántos niños vivían en situación de calle en los años 80. La crisis económica, el desempleo y la migración del campo a la ciudad dejaron a muchos sin hogar ni familia estable. Dormir en cartones, buscar calor en fogatas y sobrevivir en los mercados fue parte de su infancia. En 2006, Unicef estimó que al menos 2200 niños, niñas y adolescentes vivían en la calle en Bolivia. En décadas anteriores, la cifra fue aún mayor, aunque invisibilizada. La infancia en las calles en la ciudades bolivianas fue el reflejo más crudo de la pobreza estructural.
– INFANCIA, PROMESA Y DESAFÍO NACIONAL – El mayor capital de un país son sus niños, y el Estado tiene la obligación de garantizarles una vida digna con salud, educación y alimentación. Ellos representan no solo la esperanza sino también la posibilidad real de transformar la sociedad. Cada herramienta que se les niega es un futuro truncado, una promesa incumplida. Asegurar su desarrollo es asegurar el destino mismo de la nación.
– PROGRAMAS ALIMENTARIOS EN LOS BARRIOS POPULARES – En distintos barrios de La Paz se distribuía un complemento alimenticio para los niños. Para algunos era solo un refuerzo, pero para muchos significaba la comida básica del día. La leche caliente y el pan se convirtieron en un símbolo de alivio en medio de la crisis. Estos programas surgieron no desde la acción estatal, sino de la organización barrial y el apoyo de las ONG. Ante la ausencia del Estado, fueron las propias comunidades las que asumieron la tarea de sostener la vida. La solidaridad se transformó en una forma de resistencia silenciosa, un gesto cotidiano que mantenía encendida la esperanza y demostraba que, incluso en la escasez, la vida podía sostenerse con organización y unión comunitaria.
– ESPERANZA DE VIDA Y DESIGUALDAD – A pesar de la edad avanzada, muchas mujeres continúan trabajando para poder sobrevivir. En los años 80, la esperanza de vida en Bolivia apenas superaba los 50 años: 55,23 para las mujeres y 52,31 para los hombres.* Décadas después, en 2021, las cifras mejoraron a 65,25 y 58,37 respectivamente, pero aún reflejan desigualdad y fragilidad social. El rostro de esta vendedora recuerda que detrás de cada número hay vidas marcadas por el esfuerzo y la necesidad. La estadística habla de años, pero la imagen muestra la dignidad de quienes, pese al cansancio, siguen sosteniendo la vida cotidiana. En los rostros curtidos de los mayores se resume la historia de La Paz en los años 80: jornadas interminables, el frío de la altura y la pobreza que marcaba los días. No hubo abundancia, pero sí resistencia. La ciudad creció sobre sus espaldas, entre sacrificios invisibles y silencios forjados en piedra. Así se recuerda una época dura, donde la fortaleza de su gente fue el verdadero rostro de la esperanza. *Fuente: datosmacro.expansion.com/demografia/esperanza-vida/bolivia/
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